Templo Recorrido Procesional Novedades - 2007 Volver a Cofradías Inicio
Please download Java(tm).    El Martes Santo, al oscurecer se abren las puertas de la iglesia del Espíritu Santo, la Clerecía, desde allí se inicia el desfile procesional de la Hermandad Universitaria de Salamanca.
   Tras la salida del Estandarte con el emblema de la Hermandad y el escudo de la Universidad, lo hacen los hermanos cargados con sus cruces y el paso con las dos imágenes: Luz y Sabiduría en ellas.
   Desde la plaza de San Isidro, a través de la calle Libreros, la comitiva llega al patio de Escuelas. El paso gira para colocarse frente a la puerta principal del antiguo Estudio, vigila Fray Luis la maniobra y el Coro entona sus piezas. Una vez concluido el acto que en tan singular
sitio se celebra, transcurre por el casco antiguo uno de los desfiles, en su conjunto, más genuinos de la Semana Santa de nuestra ciudad, que concluye tras subir por la calle Compañía, entre San Benito, la casa de las Conchas y el gran edificio de la Pontifícia, en el templo sede de la cofradía.
   La calle se viste de negro con los hábitos de los penitentes y se inunda de un silencio que se hace más patente aún tras la promesa que todos los hermanos realizamos en el Patio de Escuelas frente a la labrada fachada de la Universidad: "prometéis guardar silencio.....". así, en silencio sólo roto por la música fúnebre que abre el desfile y las marchas que acompañan al paso, transcurre nuestra procesión.
   La Hermandad fue fundada en el año 1948 por un grupo de universitarios y entronca de una manera indudable el fecho religioso con la tradición de Salamanca como ciudad universitaria.
   En primer lugar, la Hermandad tiene un carácter predominantemente penitencial, que se representa entre otros signos externos con la carga que de pesadas cruces de madera soportan los hermanos a l largo de todo el desfile.
   Un segundo signo distintivo es la austeridad, de tal forma que no podemos desfilar con ningún signo externo de riqueza, exceptuando la alianza matrimonial. Nuestro hábito es de la tela más sencilla y barata que hay en el mercado y nuestros pies están calzados con unas alpargatas de esparto que son convenientemente cortadas, dejando el pie al descubierto, sólo la suela priva el contacto de la piel con el suelo a veces demasiado frío.
   Alejándonos de cualquier ostentación, nuestros estatutos prohíben que la procesión pase por la Plaza Mayor. Quizá se pierda una bella estampa, pero se gana en esa sencillez que pretendían nuestros antepasados.
   En tercer lugar, realizamos una solemne promesa de silencio, que además de constituir uno de los momentos más emotivos y sobrecogedores de nuestra procesión, dedica el tiempo de la procesión a la oración y la meditación. Texto: Enrique González.
 
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